Putin creyó que la guerra de Ucrania le duraría tres días porque su presidente abandonaría el país y pondría un presidente títere. Y a punto de cumplirse tres años de su invasión sin haber logrado que Zelenski se rinda ha encontrado un aliado en Trump para quitárselo de enmedio. Estados Unidos apoya ahora, a espaldas de Europa, de la OTAN y de Kiev, la convocatoria forzosa de elecciones en Ucrania, que es lo que quería Rusia, para ver si así llega un líder al país con el que sea más fácil entenderse, a la manera en la que Putin entiende el verbo entenderse.
Ayer Rusia y Estados Unidos se reunieron en Arabia Saudí para resetear sus relaciones. Más que del fin de la guerra, hablaron del inicio de los negocios.
Y si Trump está dispuesto a cederle a Putin la lista de deseos del Kremlin sobre Ucrania (las fronteras, las elecciones, sin OTAN…) es porque lo que está negociando no es la paz, es su nueva y lucrativa relación con Rusia.
Escuchar ahora a Trump es escuchar la versión de Putin: la culpa de la guerra de Ucrania es de los ucranianos. El presidente de Estados Unidos se mofaba anoche de Zelenski por quejarse de no estar en las negociaciones para acabar con la guerra diciendo que los ucranianos “nunca debieron haberla iniciado”. ¡Los ucranianos!
El vicepresidente de Estados Unidos vino a Europa el otro día a darnos lecciones de valores y libertad de expresión. Pero de libertades en Rusia no hablaron ayer en la reunión. Por cierto, ¿se puede decir guerra en Rusia o te siguen encarcelando por ello?
Ni un reproche a Putin. Ni a las matanzas de cientos de miles de personas. Trump quiere ser amigo de Putin, le admira. Le urge ponerle fin a la guerra porque es una molestia para futuros negocios y su Gobierno ve “increíbles oportunidades” en asociarse con los rusos y . Da la impresión de estarle entregando Ucrania como si nada más mudarse le estuviera llevando un pastel de manzana para confraternizar con él.
Trump desprecia a los europeos, con Putin todo es admiración y colegueo.