¿Su derecho a la protesta puede llegar a paralizar una ciudad con perjuicio directo a millones de ciudadanos? ¿Su legítima irritación puede admitir un lenguaje que habla de explosivos, que hace escraches a un partido político y a un gobierno regional, que tiene intrusos que disparan perdigones y ataca a coches de competidores? ¿Y el colectivo puede aceptar y aplaudir a un líder cuya crítica al gobierno se basa en la condición sexual de un ministro?
No están en esa línea la inmensa mayoría de los trabajadores del taxi, gente pacífica y servicial, cuya única aspiración es mantener su empleo y sus ingresos. Pero los exaltados y los violentos están manchando esa imagen con un peligro: el de provocar el tedio ciudadano y la repulsa a las formas.
Como consecuencia, el de convertir a los taxistas en un gremio impopular y egoísta, ajeno a los intereses de la sociedad a la que sirven. No es así. No son así. Pero ahora mismo están perdiendo la batalla de la imagen en las redes sociales y en las conversaciones privadas. Y el riesgo mayor es que pierdan la razón por los métodos que utilizan los exaltados. Y me temo que ha empezado a ocurrir.